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lunes, 18 de febrero de 2019

Tolerancia a la frustración para dummies

El sábado en terapia le comentaba al psicólogo cómo me sentí el jueves pasado justo antes de vomitar. Le comenté que intenté mantenerme con la comida en el estómago, pero que "no aguanté".

"¿Cuánto tiempo lo intentaste", me preguntó. "Habrá sido una hora. Ya no podía más".
"Tienes poca tolerancia a la frustración", sentenció.

Y es cierto.

¿Cuánto tiempo toleramos sentirnos mal?

Creo que esa es una de las diferencias entre una persona funcional y otra que no lo es tanto. La persona funcional acepta el cambio y los malestares que la vida traen. Una persona disfuncional necesita tanta seguridad y control que no tolera ningún cambio en su entorno ni en sí mismo, incluso en sus emociones.

Y en nuestro caso, estamos tan acostumbrados a mantener ese status quo emocional, mental y físico (en este caso específico controlando nuestra alimentación, pero puede ser también con drogas, o con cortes, o generando discusiones) que es tan parecido al placer y a la tranquilidad, que al menor indicio de perturbación reaccionamos teniendo conductas que nos hacen daño. Sólo por costumbre, porque nos hacen sentir que tenemos el control de alguna forma.

Es irónico. Nos la pasamos sufriendo, pero nos acostumbramos a ese nivel de dolor. Y al más mínimo cambio para bien o para mal, nos auto infligimos más dolor para "volver" al estado inicial. Sufrimos, pero no tenemos tolerancia a más sufrimiento. Y me refiero al sufrimiento emocional que implica la frustración del cambio de estado.



Imagínate un termómetro. Este termómetro se llama José. José se la ha pasado viviendo 5 años pegado en un salón con la temperatura controlada y mantenida en 24°C, que es una temperatura tibia, en un ambiente agradable. Ni mucho calor ni mucho frío. A José lo cambian de sitio repetidas veces en el día (o en el año) dependiendo de las necesidades, así que si hace frío, su nivel de mercurio baja, y si hace calor, su nivel de mercurio sube. José sabe que su mercurio va a moverse y lo acepta, y aunque a veces no la pasa tan bien porque las temperaturas no son agradables, igual se adapta. Sufre lo necesario. José es flexible.

Ahora imagínate otro termómetro, llamémosle Pedro. Pedro es amigo de José y también está acostumbrado a una temperatura agradable. Pero Pedro no es tan bueno manejando su mercurio: de hecho, Pedro no quiere salir del ambiente en el que está porque tiene mucho miedo cuando siente temperaturas más altas o más bajas. No está acostumbrado a sentirlas. Hasta tiene miedo de sentir. Entonces, cada vez que su mercurio inevitablemente se expande o se comprime en su interior, Pedro sufre. Ese sufrimiento además se agrava cuando se anticipa a la situación que sabe que es desagradable, y llegan momentos en que se descompone. Tiene una crisis.

Ahora imaginemos que Pedro ha sido recompuesto, pero su temperatura "normal" quedó en 15°C. Es algo frío. Está acostumbrado a ese entumecimiento. Funciona, porque marca la temperatura, y por ahí que baja o sube dos grados porque bueno, el clima cambia durante el día. Pero de pronto Pedro pasa a un cuarto a temperatura agradable, en el que hay mucha gente riendo y alegría por todos lados. Pedro se asusta con esa sensación tan rara. No la aguanta, a pesar de que le agrada (¿a quién no le gusta una taza de algo caliente luego de estar expuesto al frío?). Así que se fuerza a sí mismo a acercarse lo máximo que puede a la temperatura acostumbrada, los 15°C. Se empieza a ametrallar con pensamientos que le ayudan a sentirse más "frío". Se siente raro, se siente fuera de lugar, se siente menos. Pedro logra su objetivo de volver a los 15°C pero con su cabeza llena de ideas negativas.

Como las personas vieron que Pedro no funciona en un ambiente caliente, deciden probarlo en un refrigerador. Ahora le pasa lo contrario: a Pedro lo colocan en un sitio a 0°C. Pedro está aterrado, porque es una temperatura para la que no sólo no está preparado, sino que definitivamente es desagradable. Pedro está sufriendo el triple, o hasta el cuádruple. Primero, porque ya estaba medio sufriendo a los 15°C, aunque estaba acostumbrado. A esto se le suma el sufrimiento de cambiar de temperatura, sea cual sea. Se le suma el hecho de que esta temperatura no es nada agradable, y además, se le suman los miedos que él tiene a lo que pasará si está en esa temperatura desagradable. Pedro está sintiendo frío, miedo, ansiedad e impotencia. Pedro la pasa tan mal que, efectivamente, se vuelve a descomponer.



Nuestras emociones son como el mercurio de un termómetro: simplemente nos avisan nuestro estado. Irremediablemente van a variar, porque todo fluctúa, nada es inerte. Pero si le tenemos miedo a esas fluctuaciones, y además poca resistencia a las emociones negativas, vamos a terminas colapsando. Y eso sucede no sólo con los tiempos de espera posteriores a comer (la culpa), sino con el síndrome de abstinencia, con la tristeza de perder a un ser querido o un trabajo, y hasta con emociones implantadas por pensamientos automáticos que TODOS tenemos. Miedos con los que prácticamente venimos de fábrica. Nos pasa a todos: funcionales o no tan funcionales. Sanos o enfermos.

Es normal no tener tolerancia a la frustración. A nadie le gusta sufrir. Pero tener baja tolerancia a la frustración puede ser un problema. A mí me mete en líos.

Sin embargo, y este pensamiento me ayuda mucho cuando lo utiliza bien: la gente funcional tolera el cambio. Si ellos pueden, ¿por qué yo no?

Con todo lo que he escrito puedo llegar a una conclusión que había olvidado por dejadez: las emociones son como un músculo: mientras más las ejercitemos, más capaces seremos de sentirlas y disfrutarlas. Pero para ejercitarlas primero debemos ser conscientes de qué emociones se trata, y además, aceptarlas. Si no sabemos qué sentimos y además no aceptamos lo que sentimos, generaremos la resistencia al cambio que Juan el termómetro y terminaremos teniendo problemas para adaptarnos.

Adaptarse implica aceptar. Aceptar implica cambiar. Los cambios pueden causar miedo, impotencia y frustración. Tener tolerancia a la frustración y a las emociones negativas es esencial para poder tener una vida llevadera.

La tolerancia a la frustración se puede mejorar.

Seamos flexibles. Aceptemos más. Seamos como el termómetro José. 

(Y esta imagen va con segunda intención, ejem ejem)

jueves, 14 de febrero de 2019

San Intensín

Hoy es San Valentín. No sólo se celebra el amor romántico, sino el amor familiar y fraternal.

Hoy la clase de la mañana fue full práctica así que tuve tiempo para mí.
Hoy nuestra mentora nos llevó a todos a almorzar.
Hoy tuve un pequeño ataque de pánico. De nuevo.
Hoy vomité en el baño de la capacitación. Me importó un bledo.
Hoy todos mis compañeros, instados por mi profesor, empezaron a expresarme todo lo que piensan sobre mí.
Hoy volví a ser el centro de atención durante más de una hora, con comentarios de todo tipo que trataban de descifrarme como persona, halagos inesperados sobre mis capacidades y menciones sobre mi rendimiento decaído.
Hoy me quedé hora y media luego de la clase hablando con mi profesor y contándole, sólo a él, algunas de las cosas que me están pasando y que explican mi falta de desarrollo.
Hoy, al regresar a mi casa, me encontré con mi mejor amiga, que me abrazó luego de meses sin vernos, y en ese abrazo me dijo que todo está bien.

Hoy, San Valentín, me esperaba un día tranquilo e incluso melancólico, en el que tendría clases normales y regresaría a casa a tomar una siesta. En cambio, me topé con una montaña rusa de emociones, que pasaron por el miedo, la ansiedad, la frustración, la rabia, la impotencia, la tristeza, la vergüenza, la desesperación, y felizmente terminaron en el alivio, la alegría y la paz.

Estoy cansada y los detalles me los guardo. Sólo me queda como aprendizaje que no importa mucho lo que los demás piensen mientras tú sepas bien quién eres, cuáles son tus metas y tus motivaciones, pero que siempre, SIEMPRE, puedes y eres responsable de hablar y contarle a alguien de tu entorno para no sentirte solo y encontrar soluciones.

Quizás mi relación con mis compañeros no termine siendo la mejor. No me he explicado como para que sepan qué me pasa, pero hoy he liberado un poco del peso que cargaba sobre mis hombros con tanto silencio y fastidio contenido y me siento más tranquila.

Ojalá mañana se mantenga así.

lunes, 11 de febrero de 2019

Fallas

Me acabo de dar cuenta de que he fallado.

¡Me he saltado un día de mi reto de 1000 días!¡No escribí el viernes!

¿Qué debería hacer? ¿Comenzar de nuevo? ¿Dejarlo así, porque "nada es perfecto"?

¡NO! ¡YO QUIERO QUE ESTE PROYECTO SALGA PERFECTO!

Hmmm... ¿Qué pasó el viernes?

Nada muy relevante, me imagino. Lo suficientemente irrelevante como para olvidarlo.

A ver. Mi doctor siempre me dice que buque más opciones que sólo dos o tres.

Podría empezar de cero.
Podría seguir como si nada.

...o

Podría hacer trampita.

Y es la idea que más me gusta.

No es perfecto, nada lo es. Pero no quiero dejar un vacío, quedé en 1000 días de escritos.

Y así va a ser.

*********

Hoy en la mañana estuve triste y ansiosa. Anoche mi mamá cocinó para mí. COCINÓ PARA MÍ (y buena, para ella tb, aunque ya tenía comida). Lo resalto porque mi mamá cocina UNA VEZ AL AÑO (esta es su cuota de 2019). Así que ya podemos más o menos suponer su estado emocional respecto a mí.

Que es un poco exagerado, la verdad, porque estoy en un peso sano. Hoy aproveché la balanza para perros del veterinario (mi perro ha estado vomitando como loco así que ameritaba una chequeada) y nada, mi peso es normal para mi estatura. Se preocupa demasiado.

Mi desayuno fue diferente porque no había lo que suelo tomar. No tomé café, por la angustia que había venido sintiendo durante el fin de semana. Pero luego del almuerzo me tomé un heladito de café, no sé si eso cuenta.

Es curioso cómo le tengo terror a los platos de ensalada pero puedo tomar casi sin culpa un helado de hielo. A veces uno hipercalórico de leche, que me embota y llena mucho. Detesto las benditas 3 comidas importantes pero mis momentos de trampita azucarada no me molestan tanto y me generan menos ansiedad.

Supongo que entran en la lista de "alimentos seguros".

Bueno. Fallé también en la tarde.

Realmente soy mala en esto que estoy haciendo en la capacitación. El pobre profesor no me lo dijo, pero su cara lo decía todo. "Debes practicar mucho". Obvio, no tengo horas de vuelo, necesito practicar mucho lo que hago. Y no sé cómo practicar por mi cuenta.

Me duele la costilla, he vuelto a estar medio drogada por analgésicos. No es excusa para no rendir.

La verdad, hoy no tenía nada de ganas de ir a estudiar. Nada de ganas.

Ah, hablando de huesos, he aquí el más sexy de todos:

Caldito de res para mi perrito.