jueves, 24 de septiembre de 2020

¿Por qué cuentas tus intimidades a los cuatro vientos?

Me han hecho esa pregunta varias veces. “Yo no podría estar bajo el escrutinio constante de gente desconocida opinando sobre mi vida”.

La verdad es que yo tampoco. Soy ultra sensible a la crítica y tengo cuidado con lo que muestro porque siempre quiero caer bien. Y sé que hay cosas que no son bien vistas, y una de ellas es la intensidad. Y yo sé que soy intensa, y una muestra de eso es esta necesidad mía de volcarme en papel – o pantalla.
Entonces, ¿por qué rayos lo hago? ¿Por qué soy masoquista?
Puede ser. O puede que también mi necesidad de expresarme sea más fuerte que mi vergüenza.
Varias personas, entre ellos mis ex y gente de mi familia, han hecho notar que me expongo a comentarios indeseados que probablemente no tolere, y que la gente me va a reconocer porque “soy la chica que habla de esos temas”. Eso de lo que a nadie le gusta hablar, pero que es tan importante.
Y por muchos años yo misma me he convencido de que sí, es cierto: yo no quiero que la gente me etiquete como “la depresiva”, “la anoréxica (fallida ejem, ejem)”, “la que habla de salud mental pero que nunca está bien”. ¿Cómo voy a hacerme un nombre en el mundo de los eventos, o del teatro, con tremenda etiqueta en la frente como carta de presentación? ¡Nadie quiere relacionarse con gente intensa!
Y así, señoras y señores, consideré que callar, nuevamente, era la mejor opción.
Y entonces no sólo callé sobre estos temas, sino que me escondí.
Porque sabía que probablemente iba a querer mencionar de pasadita mis temas de salud, porque son parte importante de mi historia, y “no, qué vergüenza estar promulgando mis intimidades, qué van a pensar los demás, los voy a espantar”. Mejor me aíslo. Mejor no sólo me callo, sino que me retraigo.
“Nadie quiere una chica triste”, y yo quiero que me quieran.
Y así, dejando de mostrarme, también dejé de existir en varios círculos sociales. Dejé de ir a reuniones, dejé de incluso presentarme a castings. Por miedo al rechazo, por miedo al fracaso. Por miedo a mostrarme tal y como soy, a exponerme a la crítica.
Y por eso es que no me has visto en producciones en los últimos años. Por eso y por otras razones que comentaré en otro momento, pero que tienen que ver mucho con mi autopercepción.
Se supone que me siento bien cuando me expreso porque mi mundo interno es vasto, pero me autolimito como el caracol que retrae sus antenitas cuando toca algo porque me pudro de miedo de los comentarios de la gente. Y han sido, irónicamente, comentarios de otros, lo que me han llevado a callar, a esconderme.
Mucho tiempo me rompí la cabeza pensando cómo escribir sin quemar a gente de mi entorno por miedo a qué pensarían, y lo cierto es que si no digo las cosas como son, el mensaje se trastoca y se pierde.
Ya no. No puedo seguir limitándome a mí misma por miedo a vivir, a experimentar y a equivocarme. No puedo seguir moldeando mi comportamiento a lo que otros quieren porque ellos mismos también tienen miedo de ser juzgados. No he vivido mi vida por miedo a sufrir, y me la he pasado sufriendo.
No se puede ser enemiga de una misma para siempre. Y si amistarse con una significa dejar de tener de aliados a algunas personas que te importan, pues dicen que vale la pena perder afectos para ganar otros, ¿No? Después de todo, “si te tienes a ti mismo, tienes el mundo”.
Así que la próxima vez que me consiga un novio, procuraré que sea alguien que me quiera y acepte con todo y mi amor por hacer catarsis en redes sociales. Y si eres mi “amigo” pero te molesta mi transparencia… Pues te recomiendo que veas si realmente quieres ser mi amigo en principio.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

De autoestima y otras hierbas

 "Amiga, ¡pero si tú eres hermosa!"

Debe ser una de las frases que más he escuchado en mi vida.
Tenemos la necesidad de querer convencer al otro de lo que nosotros pensamos, pero ¿y si no soy capaz de verlo? ¿Y si no soy capaz de tener el mismo proceso mental que me permita pensar igual que tú?
No me van a convencer de que soy bonita porque me lo digan cien veces al día. Ya lo han intentado mis ex parejas, con resultados variables, porque no depende del nivel de confianza que tenga en la palabra de otra persona: depende de mí.
Y yo no soy capaz de verme como me ven los demás.
Cuando era niña me halagaban mucho, me decían que era muy especial, capaz y bonita. Pero a la vez me decían que era muy presuntuosa y que me creía lo máximo cuando hablaba de las cosas que me apasionaban, o simplemente de lo que sabía hacer. Seré sincera: no tengo idea de si lo era. Sólo recuerdo que compartía, porque me nacía. Así que me imagino que caía super mal porque bueno, las cosas me salían bien naturalmente.
Puedo contar las ocasiones precisas: yo tuve un papel protagónico en una obra escolar en primer grado. Era la primera de mi salón, mi tutora me quería, era popular (o al menos eso me han dicho), a las niñas les encantaba tocar mi pelo, y para colmo, tenía vena artística y vocación religiosa. El combo.
¿Y entonces qué pasó? Me escribieron cosas feas en mi “slam” (¿Se acuerdan de ese librito que rotabas por todo el salón preguntando cosas personales?), hablaban pestes de mí, me sacaron la silla para que me caiga al suelo cuando me estaba por sentar, se limpiaron los mocos en mi pelo, me pisaron mis anteojos, me robaron la cartuchera. Los niños pueden ser muy crueles, pero a veces no dejan de tener razón: y yo empecé a creer que probablemente me merecía esas cosas, y más. Porque probablemente había algo mal en mi interior. Y probablemente yo no era consciente de eso, y muy por el contrario, me consideraba la última coca cola del desierto.
Y entonces tomé una decisión: “yo no quiero ser mala, yo no quiero ser presuntuosa, quiero caerle bien a todos, quiero que Diosito me quiera por ser buena. Por lo tanto, voy a bajarme los humos yo solita”.
Estaba en primer grado de primaria.
¿Te imaginas no tener ni 10 años y tratarte como si hubieras matado a alguien?
Muchos años después, cuando inicié tratamiento luego de las barbaridades que me hice a mí misma, intenté cambiar esa forma de hablarme. Intenté enfocarme en lo bueno que tengo. Intenté abrazarme. Y sí, he tenido épocas en las que se me ha hecho más fácil, pero discúlpenme: lo natural para mí, lo más fácil, lo automático, lo evidente de hacer es ningunearme. Detestarme. Sentir que repelo a la gente. Discúlpenme, pero me cuesta el peso del mundo tratarme bien, quererme, acariciar mi alma con amor propio. Es curioso cómo puedo escuchar sólo lo negativo que tienen para decirme, pero lo positivo lo omito.
Cuando era adolescente, luego de esta etapa de maltrato autoinfligido, era normal expresarme peyorativamente sobre mí en voz alta. Y la gente asumía que lo que yo estaba haciendo era "tratar de causar pena para que me digan cosas bonitas". Pescar halagos para alimentar mi ego. Yo sé bien que esa no era la razón, que era muy inocente y lo que decía y hacía era honestidad pura. Muy poca gente sabe de mis batallas contra los castigos autoimpuestos y las huelgas de hambre y dolor como para darse cuenta de que no estaba siendo nada más que coherente con mi odio hacia mí misma. Si te odias, es natural tratarse mal, aislarse, actuar "raro". No porque quieres llamar la atención: al contrario, porque quieres desaparecer. Pero contradictoriamente, ocupas espacio y tienes un rol en la comunidad, y cuando tratas de eliminarte, sí, pues, llama la atención. Y yo vaya que la llamaba, y generaba lástima, y eso no hacía que me sienta mejor, sino que me aliene más de mi entorno.
Tengo 32 años y me sigo tratando como si hubiera matado a alguien, pero ahora con algo de remordimiento porque ya sé que lo que estoy haciendo no es lo mejor ni para mí ni para nadie. Y resalto esto aquí, porque muchos creen que el amor propio es una cuestión que sólo afecta a uno mismo, y ese es un craso error: cuando uno no se quiere, toma decisiones que hacen daño a la gente más cercana, que es justamente la que menos quieres herir. Por lo tanto, sé que tratarme mal no es bueno, y no tanto por mí sino porque le hago daño a los que quiero. Pero no puedo evitarlo: hablarme mal, menospreciarme, pensar sólo en lo negativo está demasiado enraizado en mí.
"Quiérete a tí misma". Sí, claro, aprieta el botón y borra tus aprendizajes de toda la vida para amarte tal y como eres. Suena mucho más simple de lo que es. Discúlpenme, pero de tanto practicar la autoflagelación, mi músculo del amor propio está atrofiado. Por eso no me vas a ver fanfarroneando en redes sociales -a menos claro de que esté realmente orgullosa de algo, y probablemente sea tras un esfuerzo consciente de "tratar de reconocer mis logros porque es saludable”. Las redes sociales, para mí, están para compartir lo que hago y lo que me pasa, no tanto para lucirme, porque mi lista de defectos interiores y exteriores es INMENSA. Es más larga que mi lista de cosas buenas, y esto lo sé porque he hecho el ejercicio.
Así que no, no estoy buscando cumplidos. O sea, si te nace decirme algo bonito, bien, pero no lo hagas para tratar de convencerme, porque por más que me repitan cosas buenas, no me las voy a creer a menos que yo decida hacerlo. Probablemente me sienta rara, me quiera encoger y no sepa cómo reaccionar. Porque probablemente me cueste creerlo.
Pero te prometo que voy a tratar de considerarlo. Después de todo, la realidad es una, y nuestras opiniones, subjetivas, se basan en las experiencias. Y si tu experiencia es que soy bonita o hábil, pues supongo que por algo debe ser.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Estoy de vuelta

 Me siento perdida la mayor parte del tiempo. Nunca sé si las decisiones que tomo son las más acertadas para mí y siempre dudo de si hice bien o mal. Quizás por esa razón es que suelo meterme a varios proyectos a la vez, "hacer de todo un poco", y al final raras veces terminar algo. Porque tengo miedo de fallar, y, supongo, mi subconsciente piensa que "alguna de tantas cosas me va a ligar".

Escribir es una de las pocas cosas que siento que está bien hacer.
Me cuesta dejarme brillar. Me da vergüenza quererme después de haberme hecho tanto daño. Me siento como un perro con el rabo entre las piernas cuando hago algo bueno por mí, porque lo normal para mí es tratarme mal. Matarme de hambre, o sueño, o pena. Pero, ¿cómo pretendo sentirme en paz si no me doy tregua nunca?
Así que sí, me gusta escribir. Me gusta expresar mis ideas y sentimientos en internet: fuck you, te guste o no, así soy. Me la paso pensando en una buena justificación para contarle al universo lo que me gusta, "después de todo, no soy nadie". Sí, no soy especial. Pero justamente eso hace que lo que me pasa o pasó sea digno de compartir: porque le pasa o pasó a alguien más. Y eso significa que ese alguien más puede verse reflejado, y conectar, y entonces, lo que yo hago puede servir de ayuda.
Y no hay nada que me guste más que sentir que soy de útil.
Así que, dejarse brillar y guiarse por la intuición. Vengo postergando el ponerme a escribir porque nunca considero que es el momento para empezar, pero si sigo esperando a que sea el momento indicado, nunca voy a escribir nada. Porque, probablemente, nunca me sentiré lista. Y jamás le interesará lo que digo a aquella persona que me ve como "la chica que quiere llamar la atención".
Pero, por otro lado, significará el mundo para aquel otro que necesita leer, exactamente, estas palabras.
Así que heme aquí. Esta soy yo, desnuda de tapujos, haciendo una de las cosas que más me apasionan en todo el mundo: escribir. Comunicar sobre salud mental, emociones y demás desvaríos.
Bienvenidos a una vuelta más de esta rueda de la fortuna que es Mi enésimo viaje interior.

lunes, 6 de abril de 2020

Enésima epifanía


Cuando no entierras a tus muertos, sus fantasmas te acecharán. Se colgarán de tu espalda y pesarán en tu corazón, y no te dejarán seguir con tu vida, porque te quieren ver morir con ellos.

No sé si es efecto de la cuarentena, o el hecho de que, finalmente, mi cerebro está nutrido y mi corazón listo para enfrentar. Y tampoco estoy segura de que esto sea realmente relevante, o que realmente no haya procesado el taco antes, cuando las cosas eran recientes y yo pensaba que el tema estaba zanjado. Vamos, sin irme demasiado más allá, no sé si realmente esto sea digno de escribirse, si es que yo me estoy ahogando en un vaso de agua para variar, o si es que vale la pena meter el dedo en la herida para sacar la pus y que finalmente cicatrice.

En Julio de 2018 salí con un chico. No me llamaba demasiado la atención en un principio, pero a fuerza de insistencia y quizás también por necesidad mía de borrarme a mi ex de la piel, me terminé interesando en él de vuelta. Era diferente de la persona con la que había estado durante casi 3 años: alto, macizo, corpulento, y la verdad menos guapo de lo que me hubiera gustado. Pero su seguridad en sí mismo y, por qué no, los temas en común, me terminaron por convencer de que quizás valía la pena intentar que me guste.

Y sí me gustó. Lo suficiente como para esperar cosas de él. Lo cual, viniendo de mí, no es tan raro. De los hombres siempre he esperado demasiado.

Me gusta echarle la culpa. Me gusta pensar que él me ilusionó por gusto, y que el hecho de que lo tenga que ver relativamente seguido no me ayudó a cerrar bien la herida. Me gusta pensar que yo no hice nada malo, pero ¿qué tan cierto es eso?

¿Y si no es más que un reflejo de mis carencias? Es decir, ¿acaso no me advirtió que, si bien no era de interesarse así nomás en alguien, tampoco se sentía emocionalmente preparado para tener una relación? Y yo caí. Yo confié. Yo decidí arriesgar, y perdí. No obtuve retorno de mi inversión. Una parte de mí sabía que el chico no buscaba nada serio, y esa parte de mí quería probar si yo estoy hecha de ese material del que están hechas muchas personas que pueden tener relaciones fugaces y borrarlas de su memoria al cabo de unos días. No sé cuántas veces me tengo que dar chascos de este estilo para convencerme de que yo no funciono así.

Y quizás es mi culpa. No he querido pensar que él fue un imbécil porque no quiso lo mismo que yo, es lo más fácil. Pero quizás en el fondo sí lo responsabilicé de mi pesar. Y me sentí humillada, y con mayor razón lo quise tener, encaprichada. Porque él no me quiso lo suficiente. De yo no haber sido suficiente para él.

Un momento, esto me suena muy familiar.

Como a mi relación con mi padre.

Esa persona que no estaba emocionalmente disponible y que no me quiso como yo deseaba que me quiera. Que me decía que era su princesita, pero que a la hora de la hora no me lo demostraba. Y con quien yo estaba molesta porque no me quería, y cuyo desamor me hacía sentir tan mal conmigo misma que no aguantaba mi humanidad y necesitaba deshacerme de mi cuerpo, que estaba relacionado físicamente con él, dejando de comer.

Odio que Max vuelva a tener razón sobre mí. Odio que mi papá siga teniendo relevancia en mis relaciones. Odio que me haya marcado de por vida y no pueda ser una persona normal que puede dejar ir fácilmente.

Quizás este corazón roto ha sido la razón por la que recaí en la anorexia a finales del 2018. Oh coincidencia. Quise restregarle en la cara que no me había afectado que yo estaba muy bien y que lo había superado, pero una parte enfermiza de mí quería que me viera enclenque, desvalida, muerta en vida, para que se preocupe y se sienta culpable. Porque, por trabajo, nos íbamos a seguir viendo. Y él me seguía ilusionando con proyectos que, según sus propias palabras, “quería que fueran para mí”. Y yo, tonta, ilusa, le creía, y confiaba en sus buenas intenciones, y pensaba que era la forma que él tenía de compensarme la falta de interés sentimental.

No fue él. Nunca fue él. Él no tiene la culpa de no haberme querido. No se pueden controlar los sentimientos hacia otras personas. Yo no puedo hacer que él me quiera, como no pude hacer que mi papá me quiera como yo necesitaba. No es culpa de ninguno de ellos dos. Quizás es algo inherente en mí, que me hace no querible. Que me hace repulsiva para otros y no digna de ser tomada en serio.

Entonces, ¿Esto me inhabilita para volver a lanzarme al mundo de los solteros? ¿Significa que nunca podré toarme las cosas a la ligera? ¿Que voy a vivir marcada por el recuerdo de mi papá por el resto de mi vida, y que debo ir anunciándole a todo el mundo que si no tiene intenciones de quedarse en mi vida, que mejor ni se acerque?

¿Es así como realmente debo manejarme? ¿Debo tener cuidado con mi corazón con cada persona que conozco? ¿O tengo que, acaso, conformarme siempre con migajas? Porque eso es lo que estoy haciendo con Max, que es lo más cercano a una relación amorosa que tengo: me da poco, pero lo poco que me da me satisface porque estoy tan hambrienta de cariño que no me importa si no me quiere dar ni su nombre, “yo voy a estar ahí para él”.

“Siempre estoy ahí para esas personas”. Siempre, esperando a que cambien, sin recibir lo que mi corazón realmente desea de ellos, aceptando sus condiciones pero ellos no las mías. Siempre. ¿Por qué hago eso? ¿Realmente lo valen?

Lo que pasa es que no me quiero lo suficiente. Lo que pasa es que creo que, en parte, no me merezco que me den cariño. A mi ex casi casi lo daba por sentado porque me sentía segura con él, pero cuando se trata de gente que me quiere menos de lo que yo los quiero, ahí sí salto. Ahí sí invierto. Y termino perdiendo.

¿Cómo convencerme de que ya no debo aceptar migajas de nadie? ¿De que no puedo estar pendiente de personas que no me quieren? ¿Y cómo puedo perdonar que no me quieran? ¿Cómo puedo dejar de repetir la carencia de mi papá para no volver a sentirme sucia, tonta, insignificante? Porque así es como me he estado sintiendo durante meses a raíz de este desamor, que pensé que me había afectado menos.

¿Tan necesitada soy? ¿Tan frágil? ¿Tan infantil? Pensar en el ser lamentable que sigo siendo me genera rechazo y mucha rabia. Me dan ganas de hacerme daño para eliminarme. Porque un ser así, débil, no debería estar gastando recursos de otros que sí los merecen. Eso es lo que pienso de mí. Lo que durante meses me he venido tragando. No me quiero. No me respeto. No me interesa quererme tampoco. Pero, desdicha, no puedo terminar de matar ese inmenso deseo de ser amada y aceptada por ser quien soy, de ser de provecho para otros y sentir que valgo la pena.

¿Cómo es posible que ambas naturalezas convivan en la misma mente?

Sólo soy un momento.

Más preguntas que respuestas

Hoy estuve viendo muchos vídeos sobre depresión e intentos de suicidio. Y casi todos, si no todos, tenían en alguna parte este mensaje: "yo no busco llamar la atención. Estoy aquí porque es necesario hablar de este tema, estoy aquí para que de una vez lo hagamos, porque este mensaje se tiene que dar, y este tema se tiene que tocar".
Sí, es cierto. Pero, ¿Por qué? Es decir, ¿Quién es adecuado para dar el mensaje? ¿Quién debe hablar sobre depresión?
Todos tenemos una historia. Todos sentimos dolor, perdemos, fracasamos, nos desesperamos y sentimos miedo en incertidumbre. Porque todos somos humanos. ¿Por qué sentir la especiales por tener depresión? ¿Por qué sentir que somos la persona indicada para hablar del tema?
¿Quién soy yo para hacerlo? Soy una hormiga en un mar de clones, todos con relativamente las mismas experiencias que yo. Algunos con más privilegios, pero la mayoría igual de cagados, y sí, muchos otros en peores circunstancias que yo. ¿Eso me hace merecedora de levantar la mano y resaltar?
¿Por qué tengo que ser yo la que empiece la conversación? ¿Qué tiene mi historia de interesante? En realidad, nada. Es una más. Nada de lo cual sentirse orgullosa, y probablemente, nada con lo cual alguien se sienta identificado especialmente. No soy nadie para tocar el tema.
¿O es que creo que debe ser alguien espectacular quien aborde tan importante materia?
Quizás. Quizás es eso, quizás creo que sólo los valientes y resilientes son los que merecen las palmas por levantar la voz. Y yo no. Yo soy un número más en las estadísticas. Sólo soy un caso sin nada en especial. Yo no tengo por qué exaltar mi experiencia y convertirla en extraordinaria, porque no lo es.
Realmente creo que este es un mensaje que necesita ser divulgado. Pero no por mí. No me considero nadie relevante para ser escuchada.
Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo. Porque en el fondo, la parte de mí que quiere ser importante se quiere hacer escuchar. Quiere ser tomada en cuenta. Ya que no lo es en ningún otro aspecto de su vida.
¿Realmente mi voz podría aportar a que las cosas mejoren? ¿Es realmente eso posible, es decir, las cosas pueden ser mejores?
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Toca reinventarse. Es cuarentena, y al parecer el coronavirus va a seguir expandiéndose y minando a la sociedad. La economía va a estar en los suelos, este será un año de pérdida y recesión. Muchos van a pasarla mal. Muchos van a estar peor. ¿Qué tengo yo de importante? Y por otro lado, si las cosas no van a mejorar al menos en el futuro próximo, ¿A qué puedo dedicarle mi tiempo, si tengo que cambiar nuevamente de planes? Otra vez tengo que ir por el plan alternativo. Sólo que está vez ni siquiera es uno que estaba contemplado en mi lista. No es el camino B, o C, o Z. ¿Que puedo hacer para que mi situación mejore, ahora que no puedo controlar lo que sucede?
¿Puedo realmente controlar cómo me siento, pienso y me dirijo en mi vida, habiendo tanta incertidumbre alrededor?
¿Vale la pena hablar?
Por catarsis, por necesidad, por egoísmo, por tratar de sentirme mejor, creo que sí.
"Nadie quiere leer a una chica triste por redes sociales". Eso fue lo que me dijo mi ex jefe hace unos meses.
La verdad es que no me acuerdo del contexto, o de si se trataba de mí o alguien más, pero sus palabras me quedaron marcadas.
Las redes sociales son para distraerse. Pero olvidamos el poder inmenso que tienen si se usan como herramienta de formación. Sea en el tema que sea, estoy segura de que muchos han aprendido cosas viendo videitos o memes y que a la larga no sirven de mucho. ¿Te imaginas lo que puedes aprender si las redes sociales se usarán para comunicar temas de relevancia?
Yo soy comunicadora. Y me encanta estar en redes sociales, aunque últimamente estoy un poco desconectada porque estoy tratando de vivir más que de generar conversación. Y creo fervientemente en que el poder debe ser utilizado para el crecimiento de los que no lo tienen, y no al revés. Un rey no debe enriquecerse, sino servir para ayudar a su pueblo a crecer y hacerse más fuerte. Las personalidades y celebrities tienen, por ende y bajo mi punto de vista, responsabilidad innata de ser un ejemplo positivo a seguir para poder aportar algo en esta sociedad que está dormida y enfocada en cosas que, en realidad, no son tan importantes.
Así que, si eres de los que no leen porque les da flojera, o si te parece que las redes sociales están para reír o chismear, o si consideras que estos textos largos van más para los que quieren leer un libro antes que al ciudadano de a pie, pues sí, a tí me dirijo. A tí te escribo con todo mi cariño, te toco el hombro y te digo "oye, despierta. Es hora de mirar al costado. Es hora de mirar hacia adentro. Hay todo un mundo que podría beneficiarse si lo haces. Las cosas podrían ser mejores para ti y los que quieres".
Nasie quiere leer a una chica triste. Nadie quiere ver miserias, historias deprimentes, testimonios intensos y lecciones de vida. Todos quieren distraer su mente, divertirse, pensar en algo que los saque de la dura realidad. Pero nadie nos pregunta si queremos tomar la sopa cuando somos chicos: es algo que tenemos que hacer. Porque es necesario, así no nos guste.
Igual pasa con los temas de salud mental. Nadie quiere hablar de depresión, o adicciones, o válgame dios, sobre los trastornos de personalidad, dios nos libre, qué hardcore. Pobre tu pariente, y hasta ahí nomás llegamos. Nadie se da cuenta de que el que tú te eduques puede salvarte a tí mismo o a alguien más. Nadie se da cuenta de que no importa si no queremos, NECESITAMOS hablar de esto, así no nos guste.
Porque si no lo hacemos, la salud mental va a seguir siendo el gran tabú que pesa en los corazones de más personas de las que crees. Porque tu hermana, vecino, compañero de trabajo o amigo del colegio va a seguir teniendo miedo de ser despedido si admite sus emociones y pensamientos más profundos en público. Porque vivir en la ignorancia, cuando hay tantas cosas que se pueden hacer para hacer la vida más fácil, es injusto.
Nadie quiere escuchar a un chica triste, pero esta chica triste tiene muchas cosas que decir. Deja de seguirme, si te cansa. No te obligo a prestarme atención. Total, esto no se trata de mí. Pero sí te advierto que este tema lo vayas a seguir viendo en otros sitios, así que tú decides si es ahora o mañana.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Así se siente un ataque de ansiedad

¿Realmente te interesa saber cómo me siento?

Imagínate esto.

Estás en tu cama, viendo una película. La paras interrumpiendo porque el celular suena, hay gente que te habla de trabajo. Tienes que coordinar que encaje todo, no puedes fallar.

No vives con tu hermano, y él viene a visitar con su pareja y almorzar todos juntos.

Bonito, ¿no? Una pequeña reunión familiar, íntima, con la gente que más quieres y que más te quiere. Se supone.

"Bueno, comer no es mi actividad favorita en estos momentos", te dice una parte de tu cerebro. "Ojalá pudieras evitarlo", añade. Pero sabes que es ineludible. Y está bien, igual estás resignada a hacerlo, porque toca, porque es necesario y porque quieres hacerlo.

Te gusta que venga tu hermano a tu casa. Te gusta mucho estar con tu familia.

Pero hoy, no sabes por qué, tienes miedo.

Miedo a la nada y a todo a la vez. te sientes tan asustada porque RAYOS, ALMUERZO FAMILIAR, que no te sientes en la capacidad de salir de tu cama. Tener que verlos comiendo, que me vean comer, que mastiquen, que yo mastique, que rían de bromas que yo no entiendo ni me dan risa, que hablen de series que yo no he visto, que discutan problemas cotidianos o se tenga una conversación normal y típica de la hora de comer... No, no te sientes capaz. No te sientes capaz de sentarte y enfrentar a tu querida familia, a los monstruos que son. A la nueva pareja de tu hermano, a sus miradas. A las miradas de todos, a su preocupación. A las comparaciones, a los comentarios.

Entonces decides volver a tu cama y abrazar tus sábanas, a ver si así secretas algo de oxitocina y te relajas un poco.

Entonces viene tu mamá. Te dice que vayas al comedor, que ya está todo listo. Pero el comedor está a 7 metros de tu cuarto, es demasiado lejos de tu cama, e implica dejar tus sábanas. Implica arriesgarte. No te sientes capaz. Y tu mamá te pregunta qué tienes, porque evidentemente tienes cara de que algo te angustia.

"Estoy ansiosa", le respondes.
"¿Ansiosa por qué?"
"Porque vamos a comer, y me pone ansiosa que sea tan ceremonioso".

"No exageres, pon de tu parte, ni que fuera un evento social, ni que fuera a venir un gentío, es sólo tu hermano, ni que fueras a salir de la casa".

Se va.

Te sientes miserable, culpable, impotente y avergonzada por sentirte así, porque malograr el buen ánimo de tu familia, y por no poder poner en palabras lo que pasa por tu cabeza a toda velocidad.

Quisieras decirle muchísimas cosas, pero no te salen de la boca. Sólo lloras y pones cara de haber matado a alguien.

Entonces viene el invitado de honor. El hombre de la casa. La persona a la que querías ver.

Y te pregunta qué te pasa, y tú lloras y le dices que no pasa nada, porque en realidad temes su reacción cuando escuche que estás actuando como una niña berrinchuda porque no te sientes bien. Pero insiste, asustado, hasta que le dices. "Estoy ansiosa". Y se va, molesto. Con un reproche en los labios. "Qué pena que te cueste tanto almorzar con tu familia", te dice, dolido, como si le hubieras pegado.

Bueno, no será físicamente, pero les has fallado y dañado a todos.

¿Por qué? Porque simplemente te sientes mal. Porque así funciona esto: te sientes mal, arruinas un momento bonito, y te sientes más culpable/avergonzada/impotente y tonta, y encima tu cabeza te sigue insultando y poniendo los peores escenarios.

Si pudieras apagarlo. Si tu familia entendiera cómo se siente en vez de decirte que pongas de tu parte. Como si no lo hicieras. Si pudieras meterles en la cabeza el terror que sientes de siquiera pensar en moverte. Si tan sólo no lo arruinaras todo. Si tan sólo no fueras una carga. Si tan solo no estuvieras loca, enferma, inútil, frágil. Si tan sólo te quisieran a pesar de todo lo mal que les haces.

Si tan sólo te quisieran y en vez de regañarte, te dieran un abrazo y te dijeran que va a pasar, que todo va a estar bien, que no hay problema. Que las emociones pasan, que tu estado mental y emocional no equivale a tu valor como persona y lo mucho o poco que te van a apreciar.

Si tan sólo no fueras esa basura, ese desperdicio de energía, esa falla humana que no es capaz de realizar actividades mínimas diarias pero que tiene que poner buena cara ante todo.

Si tan sólo, en vez de querer arreglarte, simplemente te escucharan y te acompañaran.

Si tan sólo no fueras culpable de la preocupación, fastidio y malestar de las poquitísimas personas que te rodean, porque tu familia no puede contico, porque tus amigos ya no te toleran (tu ánimo están exacerbado y tus peores rasgos de personalidad se han agudizado), no hay novio a la vista (y si es que hay alguien, no se interesa lo suficiente. Vamos, con esa personalidad y ese cuerpo, ¿cómo vas a ser interesante siquiera para tener amigos?). Si tan sólo fuera tan simple hacer esas actividades simples. Si tan sólo fueras menos intensa.

Si tan sólo fuera posible salir del hoyo.

domingo, 3 de marzo de 2019

Todo cambia

Hoy tuve dos shows.

Para el primero estaba cansada, angustiada y muy triste. Me sentia culpable por el estado emocional y me tal de mi hermana. Me sentía impotente por lo mal que la pasa y lo injusto que puede ser el trato de mi mama hacia ella. Bueno, ambas tienen cosas que arreglar que a mí no deberían incumbirme pero terminan afectándome. Es que mi mama tiene una forma extraña de tratarnos a ambas, a mí me sobreprotege y con ella esta a la defensiva. Mi hermana a veces es muy controladora y confrontacional, y eso hace que choquen. Bueno. Mi hermana está pasando por una etapa de muchos cambios y mucha presión, y me siento culpable porque sé que todo sería mejor si yo no estuviera bajo suoeevsuper ni "mal".

Pero no puedo hacer mucho porque no concibo estar bien. No ahora. Soy muy efouego, supongo.

Encima me enteré de que el que fue mi primer amor se va a vivir a otro país. Me afectó, y descubrí que no sólo era porque de alguna forma tengo la ilusión de que me siga queriendo, sino porque Dios, me siento tan sola y deseo tanto tener calor humano (y a la vez lo evitó tanto porque me duele) que hasta me contentaría con él, que no me quiso, que se canso de mí. Así estamos.

Pero me permití sentir cosas diferentes. Me permití salir de ese estado de casi trance depresivo y enfocarme en el show. No me quedaba de otra.

Termine haciendo un show divertido y visité además a una niña enferma. Mi estado de ánimo ahora es muy bueno, y reconfirmo que la mejor cura para la depresión es enfocarse en darle algo a los demás. Por eso el teatro/el performel performance/ los shows me salvan: porque son de las muy pocas cosas que logran hacerme salir de mí misma y ponerme en la piel de alguien más.

Alguien alegre, sano, bondadoso y cariñoso, que sabe vivir y quiere dar de lo mucho que tiene.

sábado, 2 de marzo de 2019

Thinspiration

Hoy tuve terapia con mi psicólogo. No me sentí tan cómoda como otras veces. Me estresa mucho hablar sobre comida, me pone muy ansiosa, y encima estaba con dolor de cabeza y medio como nublada (asumo que era por falta de café o de sueño).

Básicamente hablamos de cómo no sólo la mente se acostumbra a pensar de cierta forma, sino de cómo el mismo organismo, sensitiva y funcionalmente, se acostumbra también a las sensaciones del TCA. Al hambre como algo positivo, a la comida como algo repulsivo. Me propuso enfrentarme a esas sensaciones, pero la verdad no me siento preparada.

La tarde fue bonita, con mi perro paseando en el parque. Me sentí libre por algunos momentos, sin preocupaciones. Estuve bastante metida en el Instagram. He descubierto que la nueva comunidad está ahí, ya no tanto en los blogs (¿quién quiere leer en estos tiempos?), así que estoy pensando en mudarme para allá para hacer mi reto de los mil días. O hacer un híbrido, tipo hacer un resumen ahí y explayarme acá. Siempre y cuando le dedique más tiempo a esto, porque ahora, teniendo una vida aparte de este proyecto, no lo cumplo cabalmente y con la profundidad que me gustaría.

En la noche ví una película llamada "Thinspiration", o también conocida como "starving in suburbia" (muriendo de hambre en los suburbios). He entendido que es una película de culto en este mundillo, pero como la verdad no ando buscando material visual sobre TCA no estaba ni enterada. Mi pequeño review es: creo que quisieron mostrar cómo el mundillo de las dietas y las thinspirations afectan a jóvenes ya predispuestos y también cómo las pro-ana dan tips y terminan creando adeptas a la "religión", pero en la vida real no necesariamente funciona así. Me pareció un poco caricaturezco y hasta exagerado por momentos. Pero me dio pena el final. Supongo que el personaje debía tener una gran motivación para decidir recuperarse.

Y no sé, me he quedado con esa sensación. Supongo que en otras épocas no sería un desencadenante para mí, pero ahora que estoy vulnerable me dolió. Me sentí identificada en cierta forma. Sólo que con la diferencia de que mi cuerpo hasta ahora no ha fallado.

Hoy mi terapeuta me recordó que llevo un largo tiempo en esto. Con altos y bajos, momentos de lucidez y estabilidad, pero con la voz y los pensamientos siempre ahí. O sea, básicamente, he tenido TCA durante 18 años. D I E C I O C H O . 150% de mi vida.

Y no me canso.

De hecho, quisiera seguir así.

De hecho, quisiera convencer a mi mamá de que estoy mejor sólo para que me deje en paz, pueda independizarme y pueda restringirme todo lo que quiera. Hasta llegar al extremo. "En eso sí eres borderline"; me dijo. Sí, pues, es la única explicación que puedo darle a todo esto. Quiero experimentar de nuevo el extremo. Tengo metas a corto y mediano plazo pero las veo tan irrealizables (porque no todo depende de mí sino de que aparezca gente en mi vida que quiera compartir la suya conmigo) que me desmotivo y decido no esforzarme, total, ¿quién va a querer a una persona fallada como yo? Entonces, preferible a fallar en eso, me enfoco en tener éxito en lo que mejor sé hacer: hacerme daño. Vivir al límite del desmayo, con el cuerpo al borde de colapsar. Eso me da sentido de vida.

Hoy le comenté a mi psicólogo que los últimos días estuve teniendo ganas de pegarme un atracón de esos que no he tenido en 10 años. Reconozco ahora, porque conozco mi cuerpo y mis pensamientos, que son ganas de tener una comida que me satisfaga, que me guste y que no me de culpa después. Pero como sé que no es posible, le doy el significado de atracón porque no quiero tener ese alimento en el cuerpo. No quiero engordar. Entonces se convierte en algo digno de botarse. No quiero un atracón, me da asco la sola idea de atiborrarme de cosas y vomitar el alma, ni siquiera tengo la certeza de poder hacerlo bien. Lo que quiero es sentirme bien.

Y en eso hizo hincapié mi doctor hoy: toda mi vida he buscado sentirme bien, pero de la forma equivocada. Sino, no estaría haciendo todo esto. La anorexia ha sido un mecanismo mediante el cual busqué solucionar problemas y sentirme mejor, y ahora, luego de 18 años de práctica, se ha instalado y automatizado no sólo a nivel mental sino también físico. Orgánico. Sensorial. Propioceptivo. Autónomo.

Es parte de mí. ¿Cómo rayos entonces voy a poder desligarme y funcionar?

Mi mamá no me quiere dejar sola porque no confía en que me porte bien. "No hasta que demuestre que estoy mejor y se me quiten esos miedos con la comida". Mi hermana está de nuevo sufriendo por tener que cuidarme en vez de poder hacer su vida tranquila. Soy, de nuevo, una carga para ambas, un estrés. Y lo único que ayudaría a dejar de serlo es algo que no estoy muy dispuesta a hacer: recuperarme de este bajón.


Los bajones se van solos cuando algo me motiva a entrar en razón. Pero la imposición de mi familia, por más que tengan razón y esté llena de amor, no me va a mantener en el camino mucho tiempo. No va a ser real.

No quiero parecer poseída como la protagonista de la película que ví, pero quiero achicarme, encogerme, absorberme. Hasta convertirme en lo que creo que soy: una vieja cansada de vivir.

viernes, 1 de marzo de 2019

Un día como hoy me dieron de alta de mi primer internamiento

Mi vida empezó a cambiar a finales de noviembre de 2009. Mi comprometido proceso de recuperación duró 15 meses en los cuales aprendí cosas sin las cuales hoy estaría probablemente muerta. Y un día como hoy, hace 8 años, salí definitivamente de la "escuela de vida" y me lancé oficialmente al mundo real.

Puedo decir con absoluta certeza que recluirme esos meses en mi mente y mis emociones, y pasar por ese proceso doloroso de enfrentar miedos y ver debilidades para renacer como el Ave Fénix valió completamente la pena. Así me sentía yo, como un fénix que renace de sus cenizas, porque vaya que tuve que descomponer toda mi estructura mental, mis creencias sobre la vida, incluso indagar en recuerdos que podían ser vistos con otros ojos, y convertirme en mi mejor versión de mí misma.

Los años posteriores a ese internamiento han sido los más fáciles para mí. No porque no hubieran dificultades, sino porque ya no estaba perdida y sola: ya sabía más o menos qué hacer. Y funcionaba. Fui independiente, pude enfocarme en otras cosas que no eran mi eterna tristeza y necesidad de controlar mi cuerpo y lo que ingería... pero algo pasó.

Hubo algo que no pude gerenciar. Algún cambio trascendental o alguna verdad que no quería ver que me sumieron en un profundo hueco hace año y medio del cual aún no termino de salir.

Aún no sé qué pasó, pero sé que gracias a esos 15 meses tengo las herramientas, el apoyo y la experiencia para volver a flote y regresar a tener una vida productiva.

Las enfermedades mentales son así: en el momento en que menos te lo esperas, y si te confías, puedes recaer. Y el proceso para volver a estar bien no es linear, ni parejo, ni rápido, ni simple, ni constante.

Sin embargo, hay algo que creo firmemente: de no ser por ese internamiento, yo no estaría aquí. Porque cambió mi vida, cambió mi forma de ver el mundo y cambió mis expectativas. Experimenté nuevas emociones y sensaciones, y comprobé que podía vivir mejor.

Casi me muero. Podría no estar aquí en este momento si seguía atrapada en lo mismo. Y aquí me tienen, escribiendo.

Quizás no estoy en las mejores condiciones para decirlo y probablemente tampoco tengo la autoridad moral, pero el tratamiento funciona si realmente te enfocas y comprometes con él. Y en eso ando ahora: en tratar de enamorarme del mismo proceso de encontrarme a mí misma mientras acepto la realidad de mi contexto.

Agradezco a quienes me ayudaron y me ayudan y recomiendo 100% pedir ayuda y no dejar de buscar la que mejor funcione hasta que realmente veas los resultados..

Un día como hoy empezó mi vida nuevamente, renovada y dispuesta a luchar. Y esa actitud, aunque se ha desvanecido en el camino por cansancio, nostalgia o hastío, sigue ahí, tatuada en mí. Yo no la puedo olvidar.